Lo que dicen las etiquetas ¡Tóxico!

La realidad de la industria cosmética

Cada día se habla más de la importancia de cuidar nuestra piel tomando en cuenta los productos que usamos, pues así como los alimentos tienen un efecto en nuestro organismo, lo que aplicamos en nuestra piel tiene un impacto químico en nuestra salud que muchas veces ignoramos. Según el Enviromental Working Group (EWP), aproximadamente más del 60% de lo que nos untamos llega al torrente sanguíneo, ¡más de la mitad!.

Para que te des una idea, una mujer usa para su cuidado personal un promedio de 12 distintos productos al día, lo que nos lleva a una suma aproximada de 170 ingredientes, de los cuales muchos podrían ser más dañinos que benéficos para nuestra piel y para nuestra salud en general. Al no fijarnos en los ingredientes de nuestras compras y guiarnos por falsas promesas publicitarias, podríamos estar intoxicándonos bajo la ingenua idea de que nos estamos cuidando.

Pero, no es realmente nuestra culpa aplicar estos productos en nuestra rutina diaria, pues quién podría imaginarse que algo que está en los anaqueles de las tiendas y es publicitado en anuncios, carteles y revistas, es en realidad un producto tóxico. La verdad, es que muchos de los productos cosméticos que están ahí no han sido probados por un organismo de gobierno o una persona certificada independiente al fabricante.

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Sin embargo, estos productos se encuentran en todo su derecho de estar ahí, pues los lineamientos para salir al mercado son escasos y existen más bien “recomendaciones” generales emitidas por la FDA y la COFEPRIS y son los mismos fabricantes los que hacen los estudios de sus productos. Se trata de una instancia mal regulada, como lo era antes la del sector alimentario que cambió gracias a las exigencias de los consumidores.

Lo que hay detrás de la industria cosmética y de la belleza es un campo “poco explorado” por los consumidores, pero no hay de que preocuparse ya que un conocimiento básico de los ingredientes a evitar es el primer paso para una vida más sana, comenzando por nuestro órgano más grande, la piel. No se trata de dejar de comprar los productos por el miedo al daño que puedan causarnos, sino de hacer elecciones más inteligentes.

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